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LA LEYENDA DE LA DIFUNTA CORREA

Cuenta la leyenda que, entre el año 1825 y 1830, sucedió una tragedia en Vallecito, Departamento de Caucete, cerca de la ciudad de San Juan. Deolinda, una joven de 18 años, esposa de Baudilio Bustos, de 20 años fueron los protagonistas de esta historia. 

Baudilio había sido deportado por los unitarios de La Rioja. Algunos dicen, también, que los celos de Rancagua, un unitario autoritario que pretende a la joven, fueron el móvil para alejarlo con esta excusa casi habitual. Deolinda no quería que la alejaran de su ser querido y decidió salir en su búsqueda para reunirse con él. Este debía ser entregado al gobernador Brizuela en La Rioja por lo que siguió sus huellas. Ella llevaba consigo a su hijito, de meses de vida. 

Como el recorrido era largo y árido, algunos conocidos trataron de convencerla para que no se arriesgara pero no lo lograron. Con la intención de ayudarla, entonces, don Zoilo Elizondo y Doña Luna la aconsejaron. Debía seguir hacia el Este sin perder de vista los algarrobos que se extendieron hasta el paraje llamado Valle Fértil. Recorrió casi 62 kilómetros y poco a poco la sed se iba debilitando. Buscando, pero sin ser vista por alguien que pudiera ayudarla, murió de sed, cobijando a su hijo con su cuerpo para protegerlo. 

Deolinda no pudo sobrevivir pero su hijo logró seguir alimentándose del seno de la madre muerta. Unos arrieros que pasaban por allí cerca, sorprendidos vieron en el cielo unas divinas, animales hoy conocidos como chimangos que aparecen siempre cerca de alguna presa. Como estas aves son de rapiña pensaron que algo o alguien estaba cerca. Otros dicen, también, que escucharon el llanto de un niño y fueron a ver. Para ello, dejaron sus cabalgaduras y subieron a un montículo detrás del cual vieron el cuerpo muerto de Deolinda y a un bebe que lloraba. Reconocieron a la joven por una medalla que llevaba en su cuello. Con mucha pena, enterraron el cadáver, sobre el que colocaron una cruz hecha de madera y se llevaron al niño. 

Pero, al llegar hasta el lugar donde habían dejado sus caballos, no los encontraron. Entonces, subieron nuevamente al montículo donde enterraron a Deolinda y le pidieron a la difunta que los ayudará a recuperar sus animales y el milagro se produjo: los caballos aparecieron y pudieron regresar con el niño al pueblo. 

Desde entonces, se fue difundiendo el milagro de la mártir de Vallecito. 

Este milagro se cuenta, también, de otra manera. Dicen que Zeballos y Lucero, dos arrieros, perdieron el control del ganado que tenían bajo cuidado, durante una gran tormenta. Desesperados por la pérdida, llegaron hasta el lugar de la tumba de la Difunta Correa y le robaron de esta manera: “Difunta, anima bendita, por tu muerte, quizá más cruel que mi vida, estarás más cerca de Dios. Ayúdame, hazme el milagro de que aparezca el ganado; yo te prometo hacerte aquí mismo una capillita y venir a rezarte hasta el fin de mis días”.

Zeballos y Lucero sintieron que eran llevados por un camino en el que encontraron a los animales. Con el tiempo y recordando el milagro que mantuvo con vida al hijo de la Difunta, el encuentro de los caballos con que los arrieros volvieron al pueblo, el regreso con vida de su esposo quien no fue muerto en La Rioja y pudo volver a San Juan fueron importantes motivos para que la gente de allí y de otros parajes visite el lugar como un santuario. 

Cuentan, también, que un carrero que vivía a expensas del santuario decidido cambiarlo de lugar pero en el intento su transporte y equipos prendieron fuego quedando todo hecho cenizas en pocos instantes. La gente dice que la Difunta Correa no lo dejó irse y todos por alli así lo creen. 

A ese lugar va mucha gente en busca de la curación de un mal amor, o del cuerpo, de alivio y consuelo. Por la sed que sufrió la Difunta Correa, la ofrenda más importante que allí dejan es una botella con agua.

Por el prof. Victor Braidot. Extracto del libro “Leyendas de mi Tierra».

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