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CUANDO LAS ESTANCIAS SON PUEBLOS

Días atrás, una pequeña localidad del departamento San Cristóbal, Villa Saralegui, fue noticia a nivel nacional por la golpiza propinada por el Presidente Comunal y su hijo al productor ganadero Leonardo González Kees, quien en Vía Libre Radio brindó la versión de lo sucedido y las agresiones de las que fue víctima.

Este periodista, desde siempre, es un defensor a ultranza del valor de las instituciones, del diálogo como herramienta para acercar posiciones y superar diferencias; y de la misma forma, un ferviente opositor de la violencia de cualquier forma, venga de donde venga y vaya a donde vaya. La violencia debe ser inexorablemente rechazada en todas sus formas. Por lo que expresó, la actitud del mandatario comunal y su hijo merece todo mi repudio y rechazo sin vueltas.

Un hecho así no puede politizarse ni mucho menos partidizarse. Claro, en política, cada uno busca llevar agua para su propio molino. La prensa de José Luis Espert salió a explicar que González Kees es cuñado del diputado libertario, la oposición también salió a reclamar explicaciones al gobernador Perotti, haciéndolo prácticamente  responsable del penoso hecho ocurrido.

¿Y por qué José ocuparte de este tema? Porque me llega y toca muy de cerca. Pasé gran parte de mi infancia y adolescencia en ese pueblito por entonces perdido del departamento San Cristóbal, aunque más cerca geográfica y comercialmente de San Justo. Allí supe lo que es la pobreza extrema, que hoy día siendo un agradecido a Dios y a la vida, me moviliza a servir a la gente menos afortunada. Guardo en mi memoria, siendo un pibe con 10 años, cómo se puede cortar un cordón umbilical con una Gillette para traer a este mundo un nuevo ser, porque por aquel entonces no había centro de salud, ni atención a las embarazadas ni al momento del parto. A pesar de las limitaciones, fue una etapa muy especial de mi vida. No había teléfono, solo en las estancias, tampoco luz eléctrica, a excepción de quienes tenían un generador. La caída del sol marcaba la llegada inexorable de la noche y todo era silencio hasta el nuevo día. Nos conocíamos absolutamente todos.

La estancia era el pueblo en sí mismo. Mi casa estaba pegada al predio del ferrocarril, que cumplía por entonces una función social de valiosa gravitación.

Era el único medio de transporte seguro con San Justo, cuando llovía y los caminos de piso natural se volvían intransitables, mucho más cuando el Río Salado desbordaba y el agua subía por sobre los puentes. El casco de la estancia, entonces llamada María Eugenia en honor a una de las hijas del fundador de toda esa zona, estaba al otro lado de la estación del FFCC, a no más de 150 metros de donde vivía. Allí cursé la escuela primaria, tomé la comunión y jugué al fútbol la mayor parte de los días hasta que se iba el sol. En ese mismo predio de la estancia, estaba también el club de fútbol, la escuela, la iglesia y pegado el edificio comunal. Por entonces, la estancia -no era la única- eran grandes extensiones de tierra medidas en decenas de miles de hectáreas y el casco servía para albergar a su gerente general, mayordomo, capataces, personal, la escuela, la iglesia y el club. La estancia era parte más que importante del propio pueblo. Me crié con los Sola y conocí a Walter, el vástago de la familia que fueron casi mis vecinos.

Y un día todo cambió. Prácticamente en simultáneo, cuando dejé de vivir en Saralegui para trasladarme a San Justo, esta estancia fue objeto de una serie de pasamanos hasta llegar a sus actuales propietarios. María Eugenia pasó a ser El Retoño. La escuela pasó a tener edificio propio, la cancha de fútbol una parcela más de siembra y el edificio destinado al club se transformó en un galpón para guardar la maquinaria. Ya nadie pudo ingresar a esos campos, sin la debida autorización. La estancia dejó de ser el lugar que abastecía de carne al pueblo, donde la inmensa mayoría trabajada por entonces allí, ya que era prácticamente la única alternativa laboral. Seguramente mucho de lo que aquí expreso, explica en parte lo sucedido.

El fondo y la forma importan. No es el motivo de estas líneas cuestionar el proceder del productor, ni mucho menos consentir la forma de dirimir un conflicto. Pero en estos tiempos tan turbulentos que corren, todos estamos compelidos a sumar nuestro granito de generosidad y buena voluntad. ¿Es tan necesario sembrar hasta privar a la gente de la cancha y el club, es necesario poner una tranquera en un camino por el que siempre transitamos, acaso no es necesario deponer actitudes intransigentes de parte de todos? Hubiera deseado que ese pueblo olvidado en la nada misma, cuando fuera noticia nacional no sea por este triste hecho. No pudo ser, lamentablemente, ¡¡¡pero te seguiré abrazando mi querida Saralegui!!!

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