El 98 % de los niños en edad preescolar tiene la capacidad de pensar como un ingeniero de la NASA. En la adultez, solo el 2 % la conserva. ¿Qué pasó en el medio?
La frase impacta, incomoda y, sobre todo, obliga a detenerse. No porque sugiera que todos los niños estén destinados a la ingeniería aeroespacial, sino porque pone en palabras una inquietud profunda: algo se transforma, sustancialmente, en la forma de pensar a medida que avanzamos por el sistema educativo.
En la antesala de un nuevo ciclo lectivo, la pregunta merece una pausa. No para atacar a la escuela ni idealizar la infancia, sino para comprender qué ocurre con la creatividad infantil y por qué hoy vuelve a ocupar un lugar central en el debate educativo, social y laboral.
Desde la psicología del desarrollo y las ciencias cognitivas existe un consenso amplio: la creatividad no es una excepción en la infancia, sino una condición de origen. Los niños pequeños piensan de manera divergente, generan múltiples respuestas frente a un mismo problema, combinan ideas sin temor al error y exploran el mundo impulsados por la curiosidad. No se trata de talento artístico ni de genialidad extraordinaria, sino de un cerebro en pleno desarrollo que todavía no aprendió a autocensurarse.
Numerosos estudios muestran que, en edades tempranas, la mayoría de los niños obtiene puntuaciones muy altas en pruebas de pensamiento creativo. La pregunta, entonces, no es por qué algunos son creativos, sino por qué tantos dejan de manifestarlo con el paso del tiempo.
El ingreso a la escolarización formal suele marcar un punto de inflexión. En muchos sistemas educativos, el aprendizaje comienza a organizarse en torno a estructuras rígidas: programas cerrados, tiempos estandarizados, consignas con una única respuesta correcta y evaluaciones frecuentes. Este modelo ha sido eficaz para garantizar aprendizajes básicos a gran escala, algo muy valioso en determinados momentos históricos.
Sin embargo, también transmite un mensaje implícito poderoso: pensar bien es responder como se espera. Preguntar demasiado, desviarse de la consigna, equivocarse o proponer soluciones alternativas deja de ser funcional para el “éxito escolar”. Desde la neurociencia, esto no se interpreta como una pérdida de capacidad, sino como una adaptación al contexto. El cerebro aprende rápido qué conductas son valoradas y cuáles no. Y actúa en consecuencia. La creatividad no desaparece: se apaga.
Conviene hacer una aclaración fundamental. La educación tradicional no reduce la inteligencia ni daña el desarrollo cognitivo. Lo que sí puede ocurrir, es que se estreche el repertorio de habilidades que se ejercitan a diario. Se entrena con fuerza el pensamiento convergente, pero se reduce el espacio para la exploración, la ambigüedad y la creatividad aplicada.
En la adultez, esto suele traducirse en perfiles muy competentes en contextos estructurados, pero con mayores dificultades para enfrentar problemas abiertos, complejos o inciertos. Y aquí aparece una paradoja cada vez más evidente: mientras muchos sistemas educativos siguen priorizando la estandarización, el mercado laboral global valora —y proyecta— exactamente lo contrario.
Las habilidades más demandadas hoy y hacia el futuro son aquellas que no pueden ser automatizadas ni reemplazadas por tecnología: pensamiento crítico, creatividad aplicada, resolución de problemas complejos, adaptabilidad, comunicación, trabajo colaborativo y aprendizaje autónomo…
La inteligencia artificial puede procesar información con enorme eficacia, pero no puede formular buenas preguntas, conectar ideas distantes ni comprender contextos humanos complejos. Esas siguen siendo capacidades profundamente humanas.
Entonces, ¿qué pasó en el medio entre ese 98 % creativo en la infancia y ese 2 % adulto?
En gran medida, los niños no dejaron de ser creativos; aprendieron cuándo no convenía serlo. Aprendieron a priorizar la respuesta correcta sobre la pregunta interesante, la aprobación externa sobre la curiosidad, el cumplimiento sobre la exploración.
La buena noticia es que la creatividad no es un don perdido. Es una capacidad latente que puede reactivarse cuando cambian las condiciones: cuando el error deja de penalizarse, cuando aprender vuelve a tener sentido, cuando pensar diferente deja de ser un riesgo.
Cada inicio de clases renueva una oportunidad silenciosa: no la de crear niños más inteligentes, sino la de no apagar (sin querer) la amplitud de su inteligencia. Porque la creatividad no se fabrica. Se cuida, se estimula… o se inhibe. Y de eso depende, en gran parte, cómo aprenderán a pensar las generaciones que vienen.




