Durante la semana que concluyó, la empresa EMILIO ALAL S.A.C.I.F.I. comunicó la decisión no deseada de cerrar sus plantas productivas de hilados y telas en la ciudad de Goya y de hilados en Villa Angela. Explican en ese mismo documento que ello es consecuencia del actual contexto económico y comercial adverso, sumado a problemas estructurales que afectan la competitividad de la industria nacional, que tornan inviable la continuidad de sus operaciones, no advirtiéndose cambios de relevancia en el corto y mediano plazo.
La empresa señala que la apertura indiscriminada de las importaciones de hilados, telas y prendas nuevas y ahora también fardos de ropa usadas, provenientes la mayoría de países asiáticos, sumado a la caída del poder adquisitivo que impacta en la compra de este tipo de productos, más la elevada carga impositiva, los costos energéticos, el atraso cambiario, los costos financieros y laborales, entre otros motivos o causas, impactan significativamente en el sostenimiento y competitividad de la producción nacional.
Lo que acaba de suceder con esta centenaria empresa, es decir con más de 100 años en la actividad no es la excepción. Toda empresa que supera los 100 años de vida productiva, debería recibir un master o diploma de honor, significa que supo ir adaptándose a muy diferentes circunstancias. Cien años es una eternidad en la Argentina. Con esto debe desterrarse aquello del empresario prebendario, que nadie puede ignorar que existió y seguramente seguirá existiendo también con este gobierno y con él nunca estaremos de acuerdo y por lo tanto tampoco habremos de defender.
La situación de Alal es muy diferente y el mismo comunicado que comunica la difícil determinación adoptada lo dice muy clara y enfáticamente. Es el final de todo un proceso y no es la única empresa que ya cerró también o se encuentra a punto de hacerlo. Contrariamente a los que muchos piensan a la ligera y sin ningún fundamento que sostenga lo que se dice, no siempre los números de las empresas son positivos, no siempre se gana, aquí y en cualquier lugar del mundo libre. El problema se complejiza cuando las perdidas son recurrentes. Muchas empresas apelan al stock que es su capital y resguardo y luego viene la decisión final, se toma deuda o se cierra.
Porqué se llega a esta situación. Muchos celebran la apertura total de los mercados adoptada por este gobierno y explican que ahora pueden comprar la remera que querían por unos muy pocos pesos y que antes no lo podían hacer. Está bueno que toda persona pueda cumplir sus sueños, solo queda como interrogante el costo que conlleva y sino termina saliendo más caro todavía. Ningún país del mundo regala gratuitamente sus mercados. Donald Trump es un ejemplo evidente, administra la economía más importante del mundo en base a la imposición de los aranceles, un espejo en el cual no estaría mal que se mire nuestro presidente.
Los aranceles aduaneros son algo así como el fiel de la balanza. Cuando son excesivos, como sucedió con los gobiernos anteriores, terminan haciendo que la economía sea cerrada y las empresas pierden competitividad, total tienen el mercado interno al cual venderle y al precio que quieran. No es ninguna solución y los argentinos ya lo vimos, vivimos y sufrimos. “El vivir con lo nuestro”, de Aldo Ferrer en un mundo globalizado como el actual es una utopía. El otro extremo es abrir todo, como sucede en estos últimos dos años, y tampoco parece ser la medida más auspiciosa. El sueño de la remera soñada se podrá cumplir, pero la pérdida de los puestos de empleo que ello genera dudo que sea el deseo de nadie y más temprano que tarde nos termina afectando a todos. La década del 90 y del gobierno menemista es un ingrato recuerdo de lo que puede llegar a suceder.
El tema arancelario es muy probablemente el más determinante de los factores que inciden en la competitividad de las empresas de un país, pero no es el único. Como lo enumera muy bien este documente empresario, tienen también su incidencia el costo impositivo, el costo de los servicios entre ellos la energía, el transporte, obviamente no escapa tampoco el costo laboral. Solo alcanza comparar cuánto gana un asalariado en la argentina, que no le alcanza, pero en China o India reciben un salario muy inferior.
Este columnista no está proponiendo por nada del mundo un modelo donde todo dependa del estado, ni tampoco pretende sostener a aquellos empresarios como los involucrados en el juicio de los cuadernos de Centeno que demostró palmariamente, que existen políticos corruptos porque también hay empresarios corruptores. El desarrollo y progreso de un país se fundamenta en la capacidad empresaria que posee y el nivel de dirigentes productivos con los que logra contar. La calificación del presidente al presidente de Techint, Paolo Roca, como Don Chatarrín, no ayuda, no edifica, no construye nada en positivo. De todas maneras, el conflicto gobierno-Techint sería motivo de una toda una columna.
Es buenos traer a colación las apreciaciones de Carlos Pagni, a las que llama las paradojas de la política y la economía. Milei es el principal socio político de Trump y aprueba todo lo que hace, entre ello la detención de Maduro y la participación en el Consejo de la Paz que propone el mandatario de Estados Unidos. Lula se opone abiertamente a las políticas norteamericanas, pero económicamente existen más coincidencias curiosamente entre Trump y Lula, que entre el primero y Milei, ejemplo cómo se paran ante el grado de apertura de sus economías, sus políticas arancelarias, cambiarias, etc.
La nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor a las empresas. Esta cita corresponde a Juan Bautista Alberdi, a quién el presidente recurre, o por lo menos lo hacía, con mucha frecuencia. No solo es necesario que Milei tenga siempre presente esta máxima de Alberdi, sino que trabaje y se comprometa para llevarla a la práctica, para plasmarla en la realidad. Si esto llegase a suceder, será mejor para todos, más allá que el sueño de la remera deba esperar algo más.
Les deseo una muy buena semana.
Lic. José Carlos Odasso




