Se conoció durante la semana que concluyó, la inflación de diciembre y por lo tanto de todo el año 2025 recientemente finalizado. Muy a pesar de que se trata de números, da lugar a diversas interpretaciones según el color con que se los mire. Muchos miran el vaso medio lleno y otros prefieren verlo medio vacío.
Considero oportuno realizar un primer punto de coincidencia. La inflación es un indicador de crecimiento, cuando anualmente no supera el 5, el 8 o a lo sumo el 10%. Significa que la demanda supera a la oferta y por lo tanto los precios suben. Esto solo se da cuando existe una total libertad de precios y evidencia que el poder adquisitivo se vuelca a la compra de productos, servicios e inversiones, supera a la oferta y por ello los precios aumentan según la lógica liberal que se aplica en gran parte de los países libres y desarrollados. Cuando la inflación supera esos porcentajes algo bueno no está pasando y de una fortaleza se transforma en un problema. Es como la fiebre, muestra que algo bueno no está pasando, en este caso no en el organismo, sino en el sistema económico de un país.
Una segunda coincidencia es oportuna. Cuando la inflación supera esos porcentajes pasa a ser claramente ya un problema. El IPC de 2023, último año del gobierno Fernández- Fernández, arrojó un 211,4% de inflación y muy a pesar que existían cepos y controles de precios, que la realidad mostró una vez más su poca significación, a no ser que se piense que si no se controlaba se terminaba en una hiper, cómo ocurrió con Alfonsín y también con Menem en la primera parte de su gestión.
El 117,8% del primer año de Milei marcó una reducción significativa si se la compara con el 211,4% de 2023; sin embargo, siguió siendo un resultado muy elevado. La inflación anual de 2025 llegó al 31,5%, al compararlo con el año anterior significa una reducción de los 86,3 puntos porcentuales. El gobierno apunta a una inflación del 10,1% para este año, así lo estableció en el presupuesto, pero las consultoras privadas estiman que será el doble; es decir, estará en torno al 20%.
La segunda coincidencia necesaria, es establecer que la inflación en los porcentajes de los últimos años es absoluta y totalmente perjudicial, ganan muy pocos, pierde la mayoría y especialmente la gente de a pie. Cuando los precios aumentan como en el 2023, se pierde la noción de lo que es caro o barato y solo el que tiene dinero compra y así se cubre de futuros aumentos. El asalariado no puede protegerse y siempre es el que más perjudicado resulta.
Esta coincidencia, casi irrefutable, sin considerarnos los dueños absolutos de la verdad, muestra que la realidad mata relato. Los gobiernos mal llamados progresistas dicen que los controles de precios, y todas las intervenciones habidas y por imaginar están destinadas a proteger a los que menos tienen. La realidad muestra exactamente lo contrario, por ello más allá de la pandemia que no fue solo en Argentina, la pobreza superó el 50%, concretamente 41,7% y lo que es peor 11,9% de indigencia. La pobreza infantil llegó al 58,44% para menores de 14 años.
Corresponde señalar que estos indicadores son los que brinda el INDEC, con la misma metodología de medición; es más, con los mismos funcionarios actuales de los que ya ocuparon idéntica tarea en el gobierno anterior.
La inflación es dura de domar. Es cierto que este 31,5% representa el índice más bajo de los últimos 8 años, cuando en 2017 fue del 24,8%.
El 2,8 de diciembre enciende, no obstante, algunas alertas que el gobierno no debe pasar por alto. Paulatinamente los números vuelven a revertirse y tomar una curva ascendente; es más, superior al 2%. Milei había dicho que la inflación sería ya cero para estos tiempos y ahora traslada ese vaticinio para Julio-agosto del 2026.
Nada es gratis, la baja de la inflación tiene también su precio. Los ingresos anuales de los asalariados finalizaron 2025 por debajo de los haberes de 2023; o sea, perdieron también poder adquisitivo a pesar de la mayor estabilidad de precio. Los más afectados fueron los salarios de los trabajadores públicos, especialmente los empleados nacionales, que en promedio perdieron un 30%. Los salarios del sector privado también perdieron pero en índices muy por debajo de ese porcentaje. Los trabajadores de las administraciones provinciales recuperaron parte de los cedidos en 2024 pero siguen todavía en rojo. Los jubilados que perciben la mínima también perdieron, en promedio el equivalente a un mes y medio si se lo mide en ingresos reales comparados con noviembre de 2023. Para este 2026, no se esperan cambios significativos, pero insuficiente para equiparar lo perdido.
Si los salarios pierden, el poder de compra se contrae y el comercio lo sufre porque claramente vende menos y también se ve afectado. No obstante, un joven comerciante me dijo: “estoy contento, se está retomando el valor del trabajo. Deseo ahora que el salario le permita a la gente llegar a fin de mes sin problemas”. Un deseo mayoritariamente compartido. El camino anterior nos depositó en una gran debacle que debe llevar a sus responsables, o en su defecto irresponsables, a proyectar que esa no es la solución, si bien los políticos son propensos a tropezar varias veces sobre la misma piedra. La pregunta que solo el tiempo habrá de responder: ¿Lo que está y viene será para mejor? ¿Esta vez el esfuerzo valdrá la pena?
Les deseo una muy buena semana.
Lic. José Carlos Odasso




